2 may 2011

Amo y señor de los tejados de la Ciudad Vieja


El vendedor de pájaros tenía al búho encerrado en una jaula. El animal dormía casi todo el día. Por más ruidos y morisquetas que le hacían los transeúntes, no se movía. Le pregunté al pajarero si era usual que alguien prefiriera un bújo en lugar de un canario o un periquito australiano. Según él, muy raras veces se vendía esa clase de ave. De vez en cuando los taxidermistas o los miembros de alguna secta se acercaban para regatear el precio del animal. Ese búho que dormitaba plácidamente tenía varios meses sin comprador. Abría un ojo y se quedaba mirando al curioso de turno como si estuviese resolviendo un acertijo. Los jubilados se agolpaban frente a la jaula y le pedían a coro que girara la cabeza. Una tarde encontré la jaula del búho vacía. El pajarero explicó que el día anterior dos individuos se presentaron en su tarantín para ofrecerle una suscripción en la revista bimensual de la ASPA (Asociación de Simpatizantes y Protectores de Animales). Aprovechando un descuido del pajarero, que buscaba sus gafas entre las bolsas de semillas y los cuadernos de contabilidad, uno de los asaltantes abrió la portezuela de la jaula del búho. El pájaro abrió los ojos y sacó la cabeza fuera de la jaula, mirando de un lado a otro como quien quiere atravesar una calle de doble circulación. Intentó un primer impulso que le sirvió de recordatorio de cómo se alza el vuelo. Luego, con un torpe aleteo, salió volando hacia los tejados de la Ciudad Vieja. Cuando el pajarero se dio cuenta del fraude, los embaucadores de la ASPA se habían sumergido entre la multitud que a esa hora arrastraba sus sacos y sus maletas por el bulevar de Los Encantos.

Con el tiempo el búho se convirtió en amo y señor de los tejados de la Ciudad Vieja. Gatos, ratas y murciélagos se doblegaban ante su presencia. Aparecía después de medianoche, parado en el alféizar de las ventanas. La gente creía que era un ángel. En noches de luna llena caminaba meditabundo por las cornisas de los edificios, intentaod resolver los crímenes de la calle Copérnico. Algunos vecinos lo buscaban para lincharlo. Iban armados con palos y crucifijos. La Casa Verreaux envió una comisión para capturar al animal. La secta de los escupidores también quería atraparlo, pues corría el rumor de que el búho podía servir de oráculo.


"El búho". En: Salvar a los elefantes, de Luis Enrique Belmonte (Equinoccio, 2006)

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